Cuando el sol baja detrás de Es Vedrà, en esta casa no enciende nadie las luces.
Porque hay espectáculos que se ven mejor a oscuras.
Luego te cuento cómo terminan esas tardes.
Antes, lo importante.
La villa se asienta en la costa oeste de Ibiza, la del atardecer, sobre un acantilado privado al que no llega ni el ruido ni la mirada de nadie.
Aquí no tienes vistas al mar.
Tienes el mar como parte del salón.
La arquitectura es blanca, baja y limpia, de esas que no compiten con el paisaje porque saben que no pueden ganar.
Las puertas correderas desaparecen dentro de la pared.
Y entonces el dentro y el fuera dejan de ser dos sitios distintos.
La piscina cae hacia el horizonte.
No para presumir, sino para que a las nueve de la noche sigas dentro del agua sin ganas de salir.
Ibiza está cerca cuando la quieres: Marina Ibiza, los restaurantes, la noche que nunca cierra.
Y desaparece cuando no.
Esa es la diferencia entre tener una casa en Ibiza y tener *esta* casa en Ibiza.
¿Se puede negociar el precio?
No.
Lo que se vende aquí es un lugar donde el tiempo cambia de ritmo. Y eso no tiene rebaja.
Abstenerse impacientes, especuladores y coleccionistas de fotos para Instagram.
¿Cómo terminan esas tardes?
En silencio, con una copa, viendo cómo el cielo hace algo distinto cada día.
Hasta que entiendes que llevabas años pagando hoteles por una versión peor de esto.