Hay un momento, en esta casa, en que dejas de mirar el móvil.
Pasa el primer día.
Y ya no vuelve a salir del bolsillo.
Te cuento por qué.
La villa está en Jávea, entre el Montgó y las calas, en esa parte de la costa que los que la conocen no recomiendan a nadie para que no se llene.
El Mediterráneo entra por cada ventana.
No de fondo: de protagonista.
Las terrazas están pensadas para vivir fuera once meses al año, porque aquí el sol no es una promesa de folleto, es la rutina.
La piscina, los porches, el jardín: todo empuja hacia el mismo sitio, hacia afuera, hacia la luz.
La cala de la Granadella está cerca.
Pero teniendo esto, vas a bajar menos de lo que crees.
¿Se puede negociar el precio?
No.
Lo que se compra aquí es tiempo de calidad, y de eso no se rebaja ni un euro.
Abstenerse buscadores de gangas, inversores de calculadora y gente con prisa.
¿Y lo del móvil?
Que cuando vives frente a algo así, las notificaciones dejan de parecer importantes.
Y eso, hoy, es el mayor de los lujos.